Oscurece en Edimburgo: Comienza otra batalla: Distribución, presentacione...: "T ras haber visto la luz en papel Oscurece en Edimburgo y vivir sus primeras consecuencias de júbilo, euforia y felicidad por haber concreta..."
Empieza a darle vueltas al plato de lentejas y delante tiene a su padre que todavía no ha probado bocado. Ninguno de los dos lo ha hecho: uno porque no tiene hambre y otro esperando. De vez en cuando levanta la cabeza y sigue dando vueltas con la cuchara, mira a su padre, que empieza a ponerse tan nervioso como siempre, sigue dando vueltas y baja la mirada, como buscando algo en el plato. Nadie todavía ha empezado, la madre anda lloriqueando porque ya está bien que todos los días nos pongamos igual con la comida, el uno por el otro, por cabezonería, por orgullo, que si el niño no quiere comer, que no coma, verás como cuando tenga hambre se come lo que haya en la mesa, y sin rechistar, ah, verás, verás, pero es que no le dejas respirar, que si yo fuera él, tampoco comía, sólo por no darte el gustazo, porque vaya un entretenimiento tonto te has buscado y vaya unas ganas de andar enfadado todo el día, ¿que no quiere comer?, ¡pues que no coma! El padre consigue no hacer caso a toda es palabrería absurda y estúpida. No entiende cómo pudo enamorarse de su mujer, siendo él un hombre de tanta clase y ella tan básica y corta. Lo piensa así, sin filtros, sin compasión. Lo piensa y no queda ya lugar para el arrepentimiento, como antes, para el perdón. Se reconoce algunas veces que exagera con el tema, que debería relajarse, que no puede malgastar toda su energía en pequeñeces de ese tipo. Pero se lo ha llevado al terreno de lo personal y la autoridad y ya no puede bajarse del burro. No, esa es una expresión que usaría la ridícula de su mujer. Bajarse del burro. Bajarse del burro. Siempre con esa manía de hablar por hablar, de usar el refranero. Mientras piensa eso, su mujer, alegre, dice: ¡hijo, si no las quieres, las dejas, que es comida de viejas! Nadie sonríe. El padre dice: no tiene gracia. Y coge el plato de lentejas y se lo tira por la cabeza al hijo. No le tira el plato sino que le da la vuelta cuando lo tiene ya preparado, dejando caer todo el contenido sobre el niño. Se comporta éste como intuye que esperan de él. No llora, no grita, no se levanta. Sólo saca un poco la lengua, por curiosidad. A lo mejor sí le gustan.
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En una de las salas metieron a los familiares de la víctima. En otra de las salas, a los familiares del que, en cuestión de minutos, iba a morir. Él lo sabía. Le avisaron. No sabía en cuál estaban los suyos y por eso no sabía a quién le dirigía la mirada de odio y la mirada de lástima. En cualquier caso, pensó, qué más da ya. Pero en el fondo sí que daba. Claro que daba. Aquél era, quizá, el momento más importante de su vida: el de su muerte. Y con aquel desenlace iba a dejar una huella eterna en aquellos que lo estaban presenciando. En unos -quién sabe cuál de las salas- el de alivio y en otros el de pérdida. Unos segundos antes le preguntarían si quería decir sus últimas palabras. Antes de que lo sacaran de la celda un tipo con el que había hecho amistad se acercó y le dijo: te lo aviso por si quieres prepararte algo, te preguntarán si quieres decir tus últimas palabras. Y se lo agradeció. Qué estupidez, pensó después, agradecer eso. Y sin embargo sabía que lo había hecho en un acto de buena fe. Por eso quizá le salió el gracias sin darse mucha cuenta. No sirvió de nada, pensó ya sentado en la silla, porque estuvo masticando eso de: tus últimas palabras, y no fue capaz de pensar con claridad ni de decidir qué diablos quería decir para concluir. ¿Algo trascendental? Se le pasó incluso por la cabeza contar un chiste. Pero le pareció excesivo. Cuando se le acercaron para preguntarle si quería decir algo, contestó secamente: sí. Y, dentro de ambas salas, las cabezas se pusieron más cerca del cristal para prestar atención. Dijo algo. Después del sí, dijo algo. Pero nadie le entendió. Se miraron unos a otros y la madre del tipo estuvo a punto de ir a la otra sala para ver si ellos se habían enterado. Ingenuamente pensaba la mujer que era un mensaje para ella, un mensaje de amor. Aunque finalmente no preguntó.
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