viernes, 13 de noviembre de 2009

Dismetría

Busco la hoja en mi bolsillo con desesperación, con miedo a que no esté ahí. Quiero escribir que dos negros jóvenes pasan y me miran y que una blanca camina y su cadera sube más del lado izquierdo. Estoy con Pedro Juan y su Rey de la habana con su pinga gorda repartiendo leche. Estoy con Rey y con Magda llenos de mierda y de hambre y de templadera. Una mosca en la mesa bebe mi vino blanco. ¡Salud! Pasa un viejo y sus brazos al caminar cuelgan y se balancean como los míos. ¿Seré así de mayor? ¿Mono petudo como él? Pasa una silla de ruedas con una mujer sentada que abre la boca, mira perdida y el sol le brilla en el cráneo. Empujan la silla dos que no están. Son las tres de la tarde, hace calor y todos los comensales del mundo se emborrachan.

Si no las quieres

Empieza a darle vueltas al plato de lentejas y delante tiene a su padre que todavía no ha probado bocado. Ninguno de los dos lo ha hecho: uno porque no tiene hambre y otro esperando. De vez en cuando levanta la cabeza y sigue dando vueltas con la cuchara, mira a su padre, que empieza a ponerse tan nervioso como siempre, sigue dando vueltas y baja la mirada, como buscando algo en el plato. Nadie todavía ha empezado, la madre anda lloriqueando porque ya está bien que todos los días nos pongamos igual con la comida, el uno por el otro, por cabezonería, por orgullo, que si el niño no quiere comer, que no coma, verás como cuando tenga hambre se come lo que haya en la mesa, y sin rechistar, ah, verás, verás, pero es que no le dejas respirar, que si yo fuera él, tampoco comía, sólo por no darte el gustazo, porque vaya un entretenimiento tonto te has buscado y vaya unas ganas de andar enfadado todo el día, ¿que no quiere comer?, ¡pues que no coma! El padre consigue no hacer caso a toda es palabrería absurda y estúpida. No entiende cómo pudo enamorarse de su mujer, siendo él un hombre de tanta clase y ella tan básica y corta. Lo piensa así, sin filtros, sin compasión. Lo piensa y no queda ya lugar para el arrepentimiento, como antes, para el perdón. Se reconoce algunas veces que exagera con el tema, que debería relajarse, que no puede malgastar toda su energía en pequeñeces de ese tipo. Pero se lo ha llevado al terreno de lo personal y la autoridad y ya no puede bajarse del burro. No, esa es una expresión que usaría la ridícula de su mujer. Bajarse del burro. Bajarse del burro. Siempre con esa manía de hablar por hablar, de usar el refranero. Mientras piensa eso, su mujer, alegre, dice: ¡hijo, si no las quieres, las dejas, que es comida de viejas! Nadie sonríe. El padre dice: no tiene gracia. Y coge el plato de lentejas y se lo tira por la cabeza al hijo. No le tira el plato sino que le da la vuelta cuando lo tiene ya preparado, dejando caer todo el contenido sobre el niño. Se comporta éste como intuye que esperan de él. No llora, no grita, no se levanta. Sólo saca un poco la lengua, por curiosidad. A lo mejor sí le gustan.

Imagen: Plato (Jesús de Perceval)

Texto: Fusa Díaz

jueves, 12 de noviembre de 2009

Bastó un simple empujón




Rodaba y tenía el tiempo marcado. Tic-Tac, Tic-Tac. Directo al infinito. La cabeza se convertía en pies, los pies en cabeza. El seis en nueve ¿El nueve en seis? Tic-Tac, Tic-Tac. Bastó un simple empujón.





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La contradefensa de la lectura

Leo mal, últimamente.
Me frenan los ensayos y más las novelas.
No es falta de inquietud.
Solamente es que no llego a las páginas.

Mentira.
No tengo inquietud por nada que esté grabado o impreso.
No importa el formato.

Me gustan sin embargo los percheros de aquellos diarios extra, extra, extra.

Me hablan de una librería con más de cien libros en idioma inglés;
de un Londres de los años 50.

Trato de distraerme con los relatos de cocina y los cuentos de Cunqueiro.
Otra vez más, Cunqueiro, como aquel otro, ha llegado sin hora.

¿Avisando? Da lo mismo que se haya anunciado o no.
Cunqueiro y aquella librería con cien ejemplares en un Londres adonde se viajaba para cuidar niños y robar libros.

Ruegos y Preguntas


Hoy recuerdo aquel viaje que no sé si ocurrió a cierta ciudad que ni siquiera sé si existe -los viandantes con vértigo a las aceras, las carteras desbordadas con sus prisas, la ausencia de sonrisas por las calles, los abrazos que se reparten mutuamente las farolas y la brisa.
Recuerdo el semblante de sus caras al pasar indiferentes, con gesto blanco. Los bancos de los parques, como ausentes, las estatuillas mohosas sonrientes, las calderas y acondicionares de espaldas a la calle, las huellas repisadas de los caminos fáciles, y la entrada portentosa al cementerio.-
Lo que más recuerdo, esas portezuelas, esos pasadizos oscuros, esos huecos abiertos en las tumbas por donde podías deslizar tus ruegos y preguntas a los muertos; que casi nunca se pronuncian.

Texto: Hipodemo
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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Últimas palabras

En una de las salas metieron a los familiares de la víctima. En otra de las salas, a los familiares del que, en cuestión de minutos, iba a morir. Él lo sabía. Le avisaron. No sabía en cuál estaban los suyos y por eso no sabía a quién le dirigía la mirada de odio y la mirada de lástima. En cualquier caso, pensó, qué más da ya. Pero en el fondo sí que daba. Claro que daba. Aquél era, quizá, el momento más importante de su vida: el de su muerte. Y con aquel desenlace iba a dejar una huella eterna en aquellos que lo estaban presenciando. En unos -quién sabe cuál de las salas- el de alivio y en otros el de pérdida. Unos segundos antes le preguntarían si quería decir sus últimas palabras. Antes de que lo sacaran de la celda un tipo con el que había hecho amistad se acercó y le dijo: te lo aviso por si quieres prepararte algo, te preguntarán si quieres decir tus últimas palabras. Y se lo agradeció. Qué estupidez, pensó después, agradecer eso. Y sin embargo sabía que lo había hecho en un acto de buena fe. Por eso quizá le salió el gracias sin darse mucha cuenta. No sirvió de nada, pensó ya sentado en la silla, porque estuvo masticando eso de: tus últimas palabras, y no fue capaz de pensar con claridad ni de decidir qué diablos quería decir para concluir. ¿Algo trascendental? Se le pasó incluso por la cabeza contar un chiste. Pero le pareció excesivo. Cuando se le acercaron para preguntarle si quería decir algo, contestó secamente: sí. Y, dentro de ambas salas, las cabezas se pusieron más cerca del cristal para prestar atención. Dijo algo. Después del sí, dijo algo. Pero nadie le entendió. Se miraron unos a otros y la madre del tipo estuvo a punto de ir a la otra sala para ver si ellos se habían enterado. Ingenuamente pensaba la mujer que era un mensaje para ella, un mensaje de amor. Aunque finalmente no preguntó.

Fuente de la imagen:
Dios la perdone: Y era su madre,
Francisco de Goya y Lucientes

Texto de Fusa Díaz

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Tus mil nombres

Ni siquiera tu verdadero nombre. No quiero saberlo. Prefiero improvisarlo cada vez que mi piel te invoque. Conocer de ti lo que me hace vibrar es lo único que necesito saber.

Revivir la imagen de tu cuerpo desnudo exigiéndome los gemidos de pasión que pago gustosa sabiendo que tus manos van a encontrarme en cada poro, en cada curva y pliegue. Estallar una y mil veces en ti, por ti, para ti, contigo.

Recordar el color de tus ojos que son mi cielo cuando me cubres; tu voz que electriza el vello de mi cuello; tu lengua exquisita que se lleva lo mejor de mí; tus pies que no se extravían en el camino del deseo.

Imaginar tus nombres en las noches solitarias, cuando los libros ya no acompañan y la almohada cambia de textura con tu aliento mágico, cuando desde la distancia de las nubes me posees.

Te contaré los dientes, las pestañas y los cabellos, esos serán los únicos números que guardaré de ti, los únicos datos que apuntaré en mi agenda al lado de la dirección de tu nuca. Tanto da que seas poeta o barrendero, militar o mecánico, eres un hombre.

Nada más quiero saber de ti.

Y al irte, no hagas ruido ni cierres la ventana, deja que, en la duermevela, la brisa me obligue a encontrar tu calor impregnado aún en las sábanas de mi lecho.

La Grandeza de los VICIOS (Crítica)



Algo que te impacta de este blog es su cabecera. Cuando lo visitas te “topas” con un impactante camaleón verde sobre un teclado de ordenador. Y luego te dejas llevar por su contraste, con el reinado del verde sobre el blanco. Pasado este primer contacto, empiezas a preguntarte que hay tras esos colores y tras ese título. ¿Los vicios tienen grandeza? Según este blog sí.
En su presentación, La grandeza de los Vicios, hace una declaración de intenciones como que pretende apoyar, difundir y compartir las diferentes formas de expresión del mundo de la cultura, sobre todo a los más noveles, con menos capacidad para llegar a los medios de difusión principales, etc.
El blog es una plataforma para obtener apuntes sobre grupos musicales poco conocidos y bajar su trabajo. Álbumes completos y de forma muy sencilla. Los post son muy escuetos, muy visuales y siempre acompañados por las carátulas de los trabajos. Todo tipo de información adicional la tienes que buscar tú. Idóneo para aquellos que buscan simplemente hacerse con la música y punto. Ya bastante literatura existe en internet.
Tampoco solo de música vive el hombre, por lo que también podemos bajar libros enteros y muy actuales. Un ejemplo podría ser la saga Millenium, por si estás a “dos velas”. Siempre con sus portadas y breves apuntes.
Las actualizaciones del blog suelen ser cada tres días aproximadamente, y un elemento destacable son los recopilatorios mensuales de música que realiza, con diseño exclusivo de portada, etc, que de igual manera puedes bajar.
Resumiendo: Blog poco especializado, de poca participación y debate por parte de los visitantes, pero con un importante número de visitas. Música, fotografía, erotismo, literatura, fetichismo... y en general todo tipo de VICIOS, que te pueden salir no muy caros. Un blog, que pienso, lo visitaré en más de una ocasión y que me dejaré llevar por las sugerencias musicales. Y ahora que no escucha nadie, creo que bajaré algún álbum. Libros pienso que no. No me gusta leer en la pantalla.






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lunes, 9 de noviembre de 2009

Una buena noticia para La Esfera Cultural



Google nos ha subido el Pagerank de La Esfera Cultural de 1 a 3. Realmente esta circunstancia nos da ánimo para continuar. Durante estas semanas se ha trabajado duro en los contenidos, actualizaciones, enlaces, buscadores y diseño… e incluso en incluir nuevas secciones (aunque todavía tenemos más en la recámara). Y se ha visto el fruto.
Parece que estamos ganando relevancia en Internet y hablando de cultura, resulta un gran logro. Competir con páginas de cotilleo, porno, de contenido visual o de fácil asimilación no es tarea fácil.
Si no sabes de que te estoy hablando con esto del Pagerank, puedes leer el artículo completo en: http://es.wikipedia.org/wiki/PageRank. Tampoco creas que nadie se aclara mucho. Nadie tiene la fórmula matemática para ascender en dicha escala.
Y todo gracias a ti. La Esfera Cultural sigue abierta a la cultura en cualquier manifestación. La ventana para los escritores y para los que sueñan con serlo.

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Mi amor


Cuando bajé del tren hacía frio, mucho frio.
Me esperaba una convivencia incierta, desconocida y delicada, no la había visto en mi vida, ¿sería dulce y hermosa, o el prototipo de bruja de las pesadillas de mi niñez?.
Cuando ábrió la puerta creí ver el cielo, me extendió la mano y me dijo al oido, ¡que bien que llegaste!, te preparé un café bien caliente y unos deliciosos scones con mermelada.
No había sentido una mano tan cálida y acogedora en mis cuarenta años de existencia, me fué conquistando tan lentamente que todo mi ser vibraba acelerado y lleno de una intrigante curiosidad.
Fué metiendose dentro de mí de tal manera que confundía su piel con mi piel, que miraba por sus ojos y me movía con y por sus pensamientos, su olor hacía latir mi corazón, su voz era mi alimento, su cuerpo mi felicidad y su risa la única razón de mi existencia.
Es posible querer tanto...
Es posible morir haciendo el amor y resucitar mirandola...
Hoy he muerto amándola, pero mi vida está muerta.

Andama, la reina mala (X)

Como si fuera un sueño, una neblina de polvo recorría el barranco, que se desprendía de las grandes paredes, que ahora quedaban atrás, para abrirse en una inmensa llanura, queriendo abrazarse al mar, que ya se divisaba desde lo lejos. El millar de cabras invadía las tierras bajas, como un carnaval de intensos olores. El canto desafinado de las hembras, que replicaban, a modo de coro, la llamada del macho, llenaban el espacio, como lamentos burlescos de una murga embriagada. El aire se espesaba con el olor penetrante de los animales, que salpicaban el paisaje con sus colores amarillentos, ocres y marrones, rompiendo la monotonía de las piedras grisáceas del barranco y el verde de los balos, tabaibas y ahulagas. Acostumbrados a las tierras altas, en el llano los pastores se sentían vulnerables, indefensos ante cualquier peligro. Los achicaxnas que trabajaban los campos de cultivos lo respetaban, sabían que eran muy habilidosos en el manejo del palo y el garrote, eran orgullosos y a veces soberbios; pero, también, sabían que eran la cantera de donde salían los mejores guerreros, en los que descansaban su seguridad ante las amenazas.

Los cuerpos, sudorosos por el fuerte calor y el duro trabajo, mostraban una morenez brillante que parecían salir de sus tamarcos a medida que descendían de las montañas al llano, y ascendía la temperatura a lo largo de la mañana. El rostro de Dácil tenía un atractivo camuflaje. Su piel oscura y brillante se embarraba con el sudor y el polvo, dándole un aspecto realmente guerrero. Hacía algún tiempo que había perdido aquel semblante serio. El esfuerzo casi no le afectaba, contagiada por una alegría desbordante, iluminada por una sonrisa y una mirada que deslumbraba. Sus silbidos y gritos se mezclaban con su risa contagiosa y juguetona, cómplice de las locuras de Taré. El joven bárbaro siempre hacía de las suyas, ante las sobresaltadas cabras que, sin embargo, siempre reclamaban su compañía, especialmente los pequeños baifos, acostumbrados a sus juegos y tiernas caricias. A los pocos meses de convertirse en pastor, su comportamiento había cambiado. Ahora era más maduro y sus sueños más nítidos, aunque, en ocasiones, volvía a la adolescencia para recuperar sus traviesas manías.

No podían saberlo

Se colocaron frente al tipo que tenía una lista en la mano y esperaron pacientemente. Eran los familiares y amigos de los que habían muerto en el accidente de avión. O de los que no sabían si habían muerto o sobrevivido. El tipo carraspeó un momento como haciendo cinematográfica la situación y todos le odiaron. Dijo: recuerden, voy a decir los nombres de los que se han salvado. Repito: los-que-se-han-salvado. Alzando un poco la voz. Todos asintieron y pensaron, preparándose para la retahíla: que digan su nombre es buena señal, que diga el nombre... Teresa, Teresa, Ricardo, Manolo, Teresa, Manolo, Manolo, Ricardo. Todos repetían el suyo, el que por unos instantes les iba a pertenecer, como si temieran un olvido o una confusión. El tipo empezó a recitar nombres como si fuera algo hermoso, como si detrás de toda esa lista no se escondiera un centenar de malas noticias. Los padres de Mateo no escuchaban el nombre de su hijo y no dejaban de pensar que estaría un poco más abajo. La madre miró al padre y dijo: quizá sea el último. Y el padre asintió, sintiéndose por primera vez en días esperanzado. Pero no lo dijo, el nombre de Mateo no sonó por la voz ridícula del elegido para la tarea y, sin embargo, no todo estaba perdido: el tipo se había equivocado. ¡El tipo se había equivocado! La lista era de los que habían muerto y todos los que sonreían y lloraban de emoción acababan de perder a un ser querido. O a dos, o a tres, o a cuatro. Pero todavía no podían saberlo.

La fórmula revisada






Revisión fórmula Esfera:  Francisco Concepción

domingo, 8 de noviembre de 2009

La fuente

En el parque, entre las cañas de bambú, hay una fuente donde el agua es lanzada a distintas alturas, las columnas cristalinas se curvan en su cúspide para luego estamparse contra la superficie erizada del estanque. La gente se sienta a su entorno y, aunque hablen, sus voces no se oyen de un banco al otro, por lo que algunos van allí en busca de un poco de soledad en el silencio estridente, otros para dar besos insonoros, y otros simplemente van por estar.
Un hombre ha llegado, se ha sentado bajo la sombra de la pérgola y se ha aflojado la corbata. Sus hombros parecen cargar un pesado lastre, tal vez no debió comprometerse con algo, o ha tenido que renunciar a demasiadas cosas. El golpeteo incesante del agua parece aliviarlo, o habrá podido al fin mirar dentro de si, son miles de gotas las que proyectadas al aire luego caen. Quizá el sonido le recuerde al salto de un arroyo, de esos, cuyo cauce se alborota con las lluvias recién caídas, y donde el agua altanera se deja llevar sin preguntarse el sentido de su huída al mar.
El agua de la fuente sigue palmoteando en el estanque, más que ofrecer aplausos de gloria parece querer romever la sangre de nuestros corazones a un ritmo más líquido. Y cuando se abandona el lugar la arboleda del parque, o los gritos de los niños jugando, cobran un sensación diferente, amplificada.
Unos días después vi aquel hombre en la prensa, fotografiado entre varios, pero sólo él tenía los labios prietos y la mirada viva, conciente, como la de los cronistas o los testigos en los momentos históricos que trascienden. Un atisbo de desesperanza retenía su sonrisa. En cambio los demás hacían poses arrogantes en la tarima, con sus caras relucientes y sus risas de feria.


Texto: Dácil Martín

Encuentros

El viento silbaba entre los árboles, se hacía oír desde la cabecera del barranco hasta llegar a nosotras y depositar las hojas secas que íbamos pisando durante el camino. Mientras ella no dejaba de hablar, de contar, y yo me preguntaba por qué las imágenes de sus historias se adelantaban a sus palabras, cuando eran pocos los minutos que habían pasado desde nuestro primer encuentro casual. Era una mujer desconocida para mi, habíamos coincidido a la vuelta de un paseo y, sin embargo, andábamos juntas sin noción del tiempo por aquel hermoso sendero al borde del cauce y que nos llevaba hasta el puente que unía la dos orillas. "Al querer controlarlo todo, me resultó difícil dejarme llevar", me decía. Hablaba gesticulando con sus manos como dos abanicos, a la par lucían también sus pendientes largos de gitana, y nos echábamos a reír. Unos eucaliptos enormes aferrados en la ribera húmeda batían sus ramas como sonajeros. "Lo que te pasa es un indicio, hazlo fluir y verás con otros ojos...", continuaba diciéndome. Luego nos despedimos. Yo crucé el puente y me volví para verla pero había desaparecido tras la curva del camino, y me asusté por seguir entendiéndome con ella sin la necesidad de más palabras.

Texto: Dácil Martín

 
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