
Todos bajamos al mismo nivel. Mi cuñada no podía exhibir su ropa de marca, la oscuridad la difuminaba, intentando sustituir su brillo artificial, por risas y palabras estúpidas. Mi hermano no podía hacer demostraciones de sus habilidades informáticas y mi hija quedó huérfana de móvil tras agotar la batería, con esas conversaciones tan importantes y fundamentales que tienen los adolescentes, que describen hasta cuando se revientan un espino. Que calentito estaba el chocolate, el mejor que he tomado, sin la compañía de las furcias de la televisión, que cobran exclusivas por derramar sin ninguna vergüenza su vida. Esta noche no podían entrar en casa por el televisor, estaban fuera de juego. Consideré como milagroso, el estar sin Internet un par de horas y que siguiéramos vivos, incluso no me preocupaba que el servidor de mi empresa también hubiese caído, con lo cual los ingresos. Todos estábamos en el mismo nivel, en la misma situación, no me podía reprochar nada, no estaba en mi mano una solución. Era causa mayor. A la contemplación de la vela se sumó la vecinita, que tocó inquieta en casa buscando explicación a la avería y calor humano. Mi mujer de mala gana la invitó a pasar. La vecina no estaba tan deslumbrante como de costumbre, las prisas y la improvisación la habían colocado en igualdad de condiciones que al resto de mujeres de casa. Dejaron de funcionar sus insinuaciones y miradas, se perdían en la penumbra de la vela. Las arrugas de mi mujer también habían desaparecido, el Rolex de mi cuñado no brillaba igual y mis canas nos eran tan preocupantes. Solo esperaba que la luz se hubiera ido en todos los lugares y que fuera una avería perpetua... que bien me encontraba.



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FranCCø
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