jueves, 1 de octubre de 2009

Debajo de la cama



Lo que me rodea huele a limpio.
Es aquello por lo que durante tanto tiempo luché, que tanto tardé en conseguir, en mantener. Cada cosa en su sitio, sin cabida para algarabías imprevistas, ni gestos altisonantes. Familia bien avenida, matrimonio pulcro, hijos independientes. Los armarios ordenados, los cajones recogidos, las papeleras vaciadas de lo inservible. Merodeo por cada habitación y cada rincón buscando qué lustrar, qué organizar.
Todo está bien.
Hay un lugar por el que no me asomo desde hace mucho. Me arrodillo y miró un poco temerosa de encontrar algo más que polvo y borra. Un bulto grande, en medio del hueco de debajo de mi cama, aparece donde ya no debía haber nada. “¿Aún estás ahí?”, exclamo sin poder contenerme. Estaba convencida de que ya te habías ido, de que ya me habías abandonado, de que ya no tenía sentido que permanecieras escondido. Alargo la mano y te toco, me estremezco. Te agarro por tu brazo y te estiró hacia el borde de la cama; con las dos manos te saco completamente fuera. Estás cubierto de una fina capa de polvo que sacudo rápidamente.
Tienes los ojos tan azules todavía.
Tus carnosos labios entreabiertos, dispuestos, como la última vez que nos vimos, a decirme “ven conmigo, déjalo todo; sólo yo te puedo amar así”. Tu pecho fornido y levemente velludo, atlético torso en el que tantas veces me perdí; brazos fuertes que defienden de posibles dragones cotidianos; pene erecto, decidido a proporcionar un placer infinito; piernas largas y bien formadas, capaces de correr grandes distancias por un amor, un amor imposible. Enredo mis dedos en tu pelo ondulado que te empeñas en engominar, con lo que me gustan tus suaves rizos libres y sueltos. Mi corazón me pide a gritos lo que mi cabeza me niega: sé que no puede ser, pero te deseo de una manera tan irreal que todo es posible.
Estás tan vivo.
No puedo reprimirlo más. Comienzo a besarte con desespero, empiezas a susurrarme “no te vayas, déjalo todo” y me aventuro en tu cuerpo en busca de las razones que casi impidieron que te abandonara. Y las encuentro todas y cada una de ellas, y las acaricio, y las bebo…
Me olvido de en dónde estoy, de quién soy.
Tras el orgasmo, me rindo sobre la cama unos segundos en los que sólo oigo mi respiración entrecortada. Mi lengua se pasea por unos labios que no han sido besados. Se escapan las lágrimas. Me pongo bocabajo y aporreo con los puños la inocente almohada.

Argüelles

Debería moverme por otros barrios pero Argüelles me secuestra cada tarde y cada noche los días que median la semana. Argüelles es un barrio putero y chulesco; un barrio de maricones y burgueses; borrachos y olvidados. De artistas. De Pombos, Umbrales, Almodóvares. De Ariel Rot y yo en el Puerto de Vigo. Haciendo de dos mesas para uno, una mesa para dos.Argüelles es la última o la primera estación de la línea 4. Es oscuro, reconfortante, jodido y canalla. Es viejos comprobando el contenido de sus bolsillos cada cuatro segundos, reorganizándolo todo como si de armarios se tratara. No es extraño entonces no encontrar las llaves y acabar, viejo, eres viejo, durmiendo en la calle. Nada extraño que afirmen y nieguen simultáneamente su realidad. Yo también he dormido con ellos. Algún verano. Cuando el hombre de la costura rota asomando un huevo atrajo a una plaga de cucarachas al edificio. Yo, entonces, hacía maleta, besaba a mis padres y esperaba el amanecer de otro día. Me gustan los colchones duros.


Extremoduro siempre olía a literatura


Roberto Iniesta, líder de Extremoduro, una de las emblemáticas bandas de rock en españa, desembarca en la literatura. Las letras de este grupo siempre destilaban un "tufillo" literario que me gustaba. 

El libro se titula “El viaje íntimo de la locura”, y su autor como viene siedo habitual en el secretismo que rodea siempre a los lanzaminetos de la banda, no revela ni el argumento. "Me la suda si se vende mucho o no; sólo quiero que le guste a quien la lea", ha afirmado Roberto Iniesta.

Me puedo imaginar la voz narradora de este libro, en línea con las letras de sus canciones, que te impactan por su lenguaje básico, limitado y radical, pero que tienen un trasfondo con mucha sustancia. La Universidad de la calle.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Menú del día

Se supone, se supone, que uno con la edad pierde y gana al mismo tiempo.
Alguien a quien no desprecio ¿Tengo derecho a despreciar a alguien? dice que el odio acabará por consumirme.
Creo, creo, que no soy capaz de sentir odio.
Si pudiera, si supiera, seguramente le odiaría a él.

La reflexión se va resbalando entre mis dedos nerviosos.
Culpable o inocente, el poso de la educación judeo cristiana evita sangres fuera de su recipiente intracorpóreo natural.

Me encanta este adjetivo "judeo cristiano". Me pone.
En momentos de frigidez mental todos acuden a la justificación o la crítica adjetivando el judeo cristianismo. Ensucia sus cerebros, estimula sus genitales.

Prolongo la hora de la comida hasta más allá de lo sensato. Hay un grupo formado por un leonés culturalmente pretencioso, culturalmente vestido apropiadamente; un mural humanoide a quien le replamplinfa que le escupan o le den barniz con pan de oro y en la posición humillante el hombre objetivo del tiro al blanco. Lee los cuatrocientos años de vida de El Rastro.

El leonés no le permite ese pequeño capricho y nos adenda una oratoria de la madre de su puta reina.
Le pregunto si no tiene preparado un power point. Asi, los humillados, los locos, los curiosos sabríamos interpretar sin lugar a equívocos que Solimán murió por sobredosis; que el odio se permite demasiadas licencias.

El tercero en discordia, el ausente, gira hacia mí su cuello tímido. Y eso es más de lo que han conseguido meses de bonitas intenciones.

Bota y escuela.

Neuroscopetrix.

martes, 29 de septiembre de 2009

¿Sabes...?

¿Sabes..? Creo que nos necesitamos. Somos inseparables. Sé que pronto te irás con otros, o con otras, pero ahora eres mío, o mía, da igual. Por unos segundos, o algo más, si hay suerte, estarás unido, o unida, a mí, y ya será para siempre, como un trocito de eternidad. Algo de mí se colará por tu mente escondiéndose como los gusanos hasta morirse en soledad, sin que te des cuenta, sin que eso te importe. No creo, pero siempre hay una posibilidad de que ese gusano inútil, dispensable, aleatorio, preñado de ideas y formas caprichosas, por no decir estúpidas, reviente entre capilares y tejidos nerviosos para derramar miles de larvas por todos los lados, produciéndote un cosquilleo de vez en cuando. Entonces, te darás cuenta que estoy dentro de ti. Sujeto, alerta ante cualquier temporal, agarrado con uñas y dientes para no perderte. Lo sé. Yo mismo estoy plagado de esos bichos tan incómodos y no paro de rascarme. Nunca aprendo, ya me lo habían advertido pero no lo puedo evitar. Es como prohibirte que abras un regalo. Sí, ya lo creo, nos necesitamos. Necesito tu sangre y tú la mía. Somos víctimas y verdugos de esta cadena alimenticia de los caladeros de las noches, respirando entre ceniceros humeantes, soñando despiertos en las madrugadas.
¿Sabes…? Te estoy hablando a ti, lector, o lectora.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Alma de puta

La nada me llena.
Con un desconocido
algo deja de funcionar en mi cerebro.
Ocurren dos cosas
a veces separadas,
otras simultáneas.
Un transilium o un orphidal.
Nos encontramos.
Para disimular la timidez bebemos unas copas
y caemos en "El bar del Loco".
El destino es más hijo de puta y listo
de lo que pensaba.
Una mujer tiene las mismas ganas de comérmelo
que su perrito
que deja mis manos arrugadas.
Como si hubiera salido de una ducha eterna
en la que no importa derrochar agua.
Soy antifavor del clima.
No me importa desperdiciar agua ni luz
¿De qué viviríamos si no?
Ni siquiera me joden las facturas.
Tengo dinero.
Tengo luz y agua.
En el bar hay un tío muy delgado,
muy mío.
La brasas me dice no sé que movidas de perros y gatos.
Me estoy hartando.
Mi amigo canario se está cagando en todos mis muertos.
Me lo quiero llevar al apartamento.
También me quiero llevar al tipo muy delgado,
muy mío.
Somos libres ¿Verdad?
Somos relativistas.
Esto último me acerca algo a Dios.
La chucha se va.
Su dueña tiene la habilidad de transmitir deseos
hasta el mismo corazón del animal
a través de una simple correa
de piel de perro.
Pienso cómo ingeniármelas para meter a dos tíos en la cama
y el camarero de "El bar del Loco" me guiña un ojo.
Si cabemos tres
cabemos cuatro.
Últimamente me pasa que me acuesto acompañada
y me despierto abandonada.
No lo entiendo: corrida, pelos en el culo y papel higiénico
¿Por qué se van entonces?
No tengo manías sexuales.
Para mí uno es suficiente.
He llevado a tres tíos a casa para que cuando amanezca
alguno consiga suplantar las ausencias.
Soy una buena mujer, pienso mientras disfruto
de varias pollas.
Lo único que busco es amor, lloro
justo cuando estoy escribiendo el punto
y final.

Me topé con Firmin y se vino a casa



Esta semana me topé en la sección de libros de bolsillo con Firmin. Sin conocimiento, ni referencia alguna sobre esta novelita, se vino a casa conmigo. Una novelita muy pequeña con la que disfruto estos días. Opera prima de Sam Savane. Y que sin terminarla no he podido resistirme a comentar.

Trata de una rata que vive entre libros. De la relación de las personas con los libros y con la escritura que leen. Una opción de lectura. Apunten, creo que es uno de esos libros para regalar con el que siempre aciertas, o casi siempre. Firmin, un valor seguro, como el oro.

Recuerdos

Cuantas cosas pueden invadir tu mente en un momento...
Volver a escuchar aquella frase de tu padre que conseguía conducir el rumbo de tu vida, o simplemente solventar la duda que no te dejaba de incordiar durante días.
Escuchar el sonido de las canicas cayendo una a una como cascada imparable, o volver a oler el polvo de la plaza de albero donde jugabamos a revolcarnos con los colegas.
Soñar con el mar que todos los días tenía un color diferente, y mostraba un abanico de sensaciones indescriptibles.
Imaginarte andando por esa arena llena de amaneceres y secretos por descubrir.
Trasladarte al momento de silencio donde solo el aire te rozaba, y el frescor te erizaba hasta despegarte la piel.
Sentir ese pellizco en las entrañas cuando pasaba aquel joven cerca, o ese incontrolable sudor que te delataba innecesariamente.
Saborear aquella comida que solo hacía la abuela,y correr porque todos estaban alrededor de la mesa, y te ganabas el coscorrón de turno por llegar tarde.
Volver a notar el beso que me dabas cuando las cosas salian bien y te sentías orgulloso de mi.
Saber que crecías aunque nadie se diera cuenta, y vivir el momento como si la vida dependiera de ello.
Comprender que siempre estabas, y ahora no estas.
Estos son mis recuerdos...

Texto: Inma Vinuesa

 
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