lunes, 14 de septiembre de 2009

El roce de tu piel



No tienes ni puta idea de lo que hubiera pasado si tus pies hubieran decidido dar un paso más, sólo unos centímetros. No lo sabes, nos paró la cobardía: a ti, por no avanzar, a mí, por permanecer quieta. Me llegaron las caricias de tu parpadeo y el aleteo ansioso de tu respiración. Sólo un paso más y hubiera caído, hubiera quemado mis naves por arder en tus brazos, por perder mi escaso sentido común, por extraviar los papeles que nunca compulsé, por sentir tu aliento en el cielo del paladar. No tienes piedad, ni capacidad de prever la taquicardia que ciertas palabras tuyas producen en mi, no, no tienes piedad. He llegado a pensar que disfrutas haciéndome sufrir, que te deleitas en cada suspiro que me arrancas, que te relames en cada grado que me haces sudar, que te has apostado con el diablo del deseo a ver quién aguanta más, a ver quién sucumbe primero ante las imágenes sicalípticas de íncubos y súcubos, a ver.



Y creo que voy a perder, a perderlo todo, porque ya no me importa, porque ya me da igual, porque sólo tengo pesadillas por saber qué se siente al roce de tu piel.




Los grandes ARTISTAS siempren mueren jóvenes


 


Francesca Woodman se precipitó al vacío por la ventana de su loft de Manhattan. Tan solo contaba con 22 años. Ese mismo día nació la leyenda de una artista. Era el 19 de enero de 1981. No existía PhotoShop, ni filtros específicos para trucar las fotografías.

Con un marcado carácter autobiográfico, las fotos de Francesca Woodman la muestran en escenarios melancólicos, habitaciones en la que la artista retrata la soledad, el olvido y el paso del tiempo. Realizó sus primeros trabajos con 13 años.

Septiembre delincuente

El verano se desdibuja exangüe. Los locos regresan a sus manicomios y los delicuentes a sus celdas. Ni unos ni otros saben con quienes se han cruzado, locos o delicuentes como ellos.

Más peligrosos pero reinsertados. Más solos quizás pero con la posibilidad tácita de compañías no recomendables.

La gran hipocresía que se acentúa en las noches regadas con alcohol y humo y centelleantes desilusiones vagas como apostarse en una barra y dejar el extremo libre al que vendrá. Como responder sin ganas inclinando el cuerpo para ti o echándolo hacia atrás hasta perder el instinto espacial y caer de cráneo. El taburete es demasiado alto y la caída mil centímetros fuera de ningún orden.

Desconozco si tú eres uno de esos tarados porque desapareciste con ellos. Si me hubieras dado la dirección iría a verte. Quizás te hayan ocultado en una construcción rodeada de pinos y arizónicas. O vivas cerca de las vías y hagas pintadas cada noche en las paredes de los vagones de mercancías donde el óxido puede a la opacidad del polvo. Puedes contarme que fue un error de diagnóstico o que el juicio popular fue declarad0 incompetente. Puedes contarme todas las mentiras porque me obligué a creerlas y ya la sinrazón es la razón más poderosa.

Quizás puedas escapar y organizar un encuentro fugaz y clandestino. Después regresaremos a nuestro encierro. Tú por enfermo y yo en condición de amante del enfermo. Al fin y al cabo nos merecemos la intromisión en las conductas fáciles. Cada nuevo contacto nos acercará inevitablemente sin la obligación de dar marcha atrás. La tendencia es otra. No nos echaremos de menos porque sabemos que la conducción entre tú y yo se requiere y transmite en cada nueva piel. Es la querencia de los animales que intuyen la tierra de santos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Consuelo

“Tuve que salir de allí”, me repetía insistentemente, como intentado justificarme, mientras, sudoroso, me aflojaba la corbata de aquel traje negro. “Ella me perdonará, lo sé, ella lo entenderá”. Como un autómata, con los ojos enrojecidos, mi mirada se perdía entre calles, persiguiendo las escasas sombras que se colgaban de algunas paredes sin apenas querer tocar el suelo. A esa hora de la tarde los sádicos rayos de sol se colaban por el cuerpo, como perforándolo, hasta llegar al estómago, recalentando todo el café que había tomado durante la noche. La acidez se mezclaba con el cansancio, la rabia y la pena, era como un barrizal que no dejaba fluir las ideas empantanadas. No sé cuanto tiempo pasó, ni cuantas calles vacías recorrí hasta que fuí tropezando con otros, que me empujaban hacia dentro. Ahora, recuerdo sus lágrimas temblorosas, uniéndose al agua que salía por su nariz para empapar sus labios asustados. Cuando me vio, dio unos pasos vacilantes hasta agarrarme, como cuando los niños aprenden a caminar, y me lo dijo, a bocajarro, entre sollozos. Y ahora, tres meses más tarde, estoy aquí, sentado entre tanta gente, que no conozco, ni ellos a mí, mirando a un mismo sitio, a um mismo hombre, apretando los dientes, cerrando los puños, afilando nuestras miradas, aguantando la respiración, levantándonos sigilosamente y … ¡Goooooooool!
Gritamos, lloramos y nos abrazamos mientras oigo los golpes de martillo sobre la lápida.

No lo puedo evitar

Miguel conduce con una sola mano el coche de su padre que es largo y espabilado como él, la otra mano la lleva sobre la palanca de marchas y las va poniendo al son de la salsa:

"...quítate tú pa´ ponerme yo, quítate tú..."

Detrás en el coche los demás tatareamos la canción en bajito siguiendo su ritmo con la cabeza. No sé por qué me atrae es un hortera.  Ahora su cuello se mueve como un telescopio y quiero tocarlo. Me mira por el rabillo del ojo ¡qué vértigo! La cinta del casette se acaba, le da la vuelta, y suena la canción de moda que nos hace poner a todos en alerta para seguirla:

" ...Pedro Navaja las manos siempre dentro el gabán, mira y sonríe y el diente de oro vuelve a brillar..."


Bajo el influjo de la marihuana miramos al pinar que está resplandeciente con su verde. Ya cantamos a toda voz y al unísono, y cuando pasamos muchas curvas y vueltas de casette, le pregunto:

- Oye Miguel, ¿sólo escuchas salsa?
- Sí, ¿por qué? - Me dice con una sonrisa blanca mientras me pica el ojo. Y yo... no lo puedo evitar.
                                                                                                                         
 Texto: Dácil Martín

Vamos a contar...


Cuarenta y seis y las tetas pequeñas y redondas brillando en la camisilla negra.
-Me llamo Lola.
-Encantado, yo me llamo J.

Todo natural. Vino y cerveza. Mis huevos hinchándose y su sonrisa directa, sin miedo. Minifalda vaquera, divorcio y una hija de dieciséis. Más alcohol.
-¿Importa mi edad?
-No, sólo era por saber...

Dientes en ámbar y maquillaje de doble capa. Mechas y mechones.
-¿A qué te dedicas?
-Actor porno.
-No jodas.
-Sí.

Postre, licores y palabrería. Nubes. Algunos se marchan y se enfría el café.
-¿Y tú?
-Traductora.
-¿De qué?
-De griego y francés.

Freight train


Os propongo algo: escribir textos inspirados en canciones, dar otra vuelta de tuerca a lo que se dice, lo que se adivina tras las líneas de la música que nos pega fuerte. O lo que imaginamos a partir de ella aunque no tenga mucho que ver. Todo vale.


Cuando no hay esperanza, cuando ya lo das todo por perdido, ves una pequeña luz al fondo, apenas un destello que te hace incorporarte, apretar los puños y volver a empezar.
Pero esa luz que brilla al fin del túnel son los focos de un tren de mercancías que avanza hacia ti.
Una y otra vez, una y otra vez. Se repite la canción, se repite la historia.
Cuando crees que tendrás un respiro, el mundo cae sobre ti. A veces con fanfarrias de desastre, otras con la mejor sonrisa de la tormenta que está por estallar.
Tal vez, lo mejor sería sentarse en las vías, esperar que el tren llegue. Tal vez la luz de sus faros ilumine el mejor de los finales.

Texto: Ana Joyanes


Inspirado en No leaf clover, de Metallica:

Then it comes to be that the soothing light at the end of your tunnel
is just a freight train coming your way

Podéis echar un vistazo a la versión S&M en:
http://www.youtube.com/watch?v=ZlhmigaacJc

 
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